Arturo Zárate Vite
Han pasado más de siete años y todavía no falta quien hable del supuesto pleito de
Andrés Manuel López Obrador con César Yáñez Centeno Cabrera. Lo dan como un
hecho, por dos razones, porque César rechazó el ofrecimiento de Andrés Manuel para
hacerse cargo de la comunicación presidencial y por el ruido mediático de la difusión y
gasto de su boda en Puebla con Dulce María Silva Hernández.
Es cierto, César no aceptó la propuesta para convertirse en el comunicador de Palacio
Nacional.
¿Por qué?
¿Será porque ya se había cansado de seguir las actividades de Andrés Manuel?
¿Será porque se pelearon durante la campaña? ¿Será porque estaba aburrido? ¿Será
porque le parecía muy poco lo que le pagarían como coordinador de comunicación
social?
¿Qué fue lo que le dijo César al presidente para excusarse de la tarea de
comunicador oficial, siendo su especialidad y respetado prácticamente por todos los
medios, privados y públicos?
La verdad, desde que emprendieron la misión de ganar la presidencia de la República,
César se comprometió a trabajar con él, sin descanso, los siete días de la semana,
hasta lograr el objetivo.
Y así lo hizo, cumplió.
De cualquier manera, el presidente tuvo la atención con su amigo de ofrecerle la
coordinación de comunicación.
César le comentó que continuaría en su equipo, nada más que en una tarea menos
exigente con el tiempo, que le permitiera mantener el contacto con su familia, como
nunca antes lo había hecho.
Dulce María era más que una razón de peso, a la que tuvo que defender en las
instancias judiciales cuando injustamente la acusaron de adjudicarse un terreno de
manera irregular.
Ella fue llevada a prisión antes de la elección presidencial de 2018 y en esas
condiciones César tuvo que remar a contracorriente, porque entonces solo era el
encargado de prensa de un aspirante a la presidencia. Y ya sabemos cómo se las
gastaba el viejo poder judicial.
César consiguió liberarla y casarse con Dulce.
Vino después el ruido mediático por la fiesta de su boda y la difusión que se le dio en
una revista.
Lo criticaron por el glamur de la ceremonia y sobre todo por la publicación de varias
páginas en revista especializada en este tipo de temas. No faltó el adversario que se
enterara de su casamiento y le armara el “escándalo”.
Más de un medio atribuyó a esa resonancia el presunto castigo de parte del ya
presidente electo, para dejarlo fuera del círculo cercano y lejos de su oficina.
Puras intrigas.
El presidente López Obrador le dio un espacio en Palacio Nacional como Coordinador
General de Política y Gobierno de México. Una oficina justo arriba de la que ocupaba
el jefe de la nación.
Nunca han dejado de ser amigos. El presidente fue condescendiente con César al
darle una posición que le permitiera estar mucho más tiempo con su familia, lo que
nunca pudo hacer antes.
Es muy probable que César sea el político que mejor conoce a López Obrador.
Hoy Yáñez Centeno Cabrera, discreto porque nunca ha convocado a conferencia de
prensa para estos asuntos, no solo conserva la amistad de quien vive en Chiapas, ha
demostrado ser útil al país y a la presidenta Claudia Sheinbaum, desde la posición de
subsecretario de gobierno en la Secretaría de Gobernación.
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